Foto de Julián Campos

Hijo del instante

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“Morir es una costumbre que sabe tener la gente”, cifró Borges en uno de los versos de su “Milonga de Manuel Flores”. La muerte es nuestra única certeza y un tema recurrente en la literatura de todas las épocas, desde la Epopeya de Gilgamesh hasta hoy. En Hijo del instante la encontramos en la figura de un señor mayor que irá a morir al pie de un árbol, en una plaza pública. Paradójicamente, la muerte de ese hombre viejo es el nacimiento de esta perturbadora novela en la que, con diabólica maestría, Cecilia Fresco y Diego Rodríguez Reis proponen un texto intrigante en el que, desde la óptica del policial, abre un sinnúmero de preguntas. Son las que se harán Nadia Andresen y Luciano Bautista, ambos dispuestos a descubrir quién es ese viejo que fue a morir bajo un árbol y por qué nadie reclama su cadáver. A partir de estos interrogantes, se propone una historia desgarradora que, dicho sea de paso, es la ominosa historia de nuestro país, con sus miles de muertos y sus miles de desaparecidos. Algunos capítulos están contados por Nadia Andresen, otros por Luciano Bautista y otros por un narrador omnisciente. No es fácil proponer una narración a dos manos y mediante distintas voces. Cecilia Fresco y Diego Rodríguez Reis superan largamente ese desafío y consiguen una novela que asombra y conmueve desde la primera hasta la última página.

Vicente Battista

Dos capítulos

2 / El orden del discurso

Dicen que una mujer no es capaz de contar la muerte, que nunca podrá hacerlo como un hombre porque tiene otro tipo de conexión con la vida. ¿Cómo saberlo? Sólo me conozco a mí, no puedo hablar por las otras mujeres.

Cuando lo vi caminaba por la plaza, iba tambaleándose y aún así parecía muy digno, supongo que por el modo de llevar la cabeza erguida, en contraste con la debilidad de las piernas. Apoyó la espalda en un eucalipto enorme y se fue sentando muy despacio. Yo estaba leyendo pero me impresionó tanto que me quedé mirándolo, sin saber que se estaba muriendo. Me parecía algo raro y triste ver a un hombre tan pulcro y tan mayor yendo a dormir su borrachera a la plaza. En ese momento hubiera querido dibujarlo, guardar la escena de algún modo. El árbol en el que se apoyaba era ancho y gigantesco. Frondoso. Una especie de paradigma de árbol que lo protegía entre las raíces y el tronco.

Mucho tiempo después me di cuenta de que no estaba dormido, cuando el cariño de un perro lo tiró al piso y se quedó de costado en la misma posición: con las piernas así, casi a noventa grados. Dos chicos que habían estado molestando alrededor del hombre se acercaron asustados, lo tocaron y salieron corriendo.

¿Cuánto tiempo habrá estado muerto bajo el árbol?

Cecilia Fresco

43 / El suelo de la justicia

Me llaman a declarar por lo del Bizco, mi millonésima, enésima indagatoria (a estas alturas, ya no sé si judicial o policial).

Sí, oficial. No, oficial. Eso. Así.

Mientras el miliquito pregunta, habla, diserta (qué carajo puedo llegar a saber yo, ellos deben saber, qué saben, cómo llegan a saber), yo miro el lugar donde estos tipos trabajan.

Esto está frío, helado, pero las paredes transpiran. Los ruidos y sonidos rebotan infinitamente: un lápiz que cae de un escritorio cercano provoca un eco de duración insospechada, sale, rebota y vuelve al rato. La pintura se cae a pedazos y está lleno de papeles, algunos colgados, otros directamente pegados. Mapas, caras, fechas. Qué dicen esos papeles, quién es verdaderamente capaz de leerlos. ¿Hay verdadera información en ellos o son solamente la parodia de la información, son datos inconexos, incomprensibles, que nadie se toma el trabajo (inútil) de intentar descifrar?

(…)

Me hacen firmar unos papeles, mi declaración, en los que, básicamente digo eso: No sé.

Los dos decimos lo mismo, la justicia y yo: No sé.

Y así termina el caso del aburrido misterio de la muerte de Alejandro Azevedo.

Voy saliendo. Ya fuera, inevitablemente, pienso: y el viejo, qué pasa con el viejo. Peor: No sé al cuadrado,  No sé a la décima potencia, No sé al infinito.

La justicia llega hasta acá. Hasta acá llego yo, dice la justicia. Planta bandera. Marca un piso. Su grado cero. Su suelo. Pero por debajo de ese suelo queda todo un mundo, un submundo, ultraterrenal. Fuera de su jurisdicción.

Qué hacemos entonces con el indocumentado, el ilegal, el separado que se volvió a juntar sin divorciarse de su pareja anterior, los hijos de este concubinato, los terrenos baldíos sin dueño, las leyes internacionales, las reglas de juego en mar abierto, los remates, los testaferros, los testigos falsos, las herencias, los que mueren ab intestato, las donaciones para evadir impuestos, los monotributistas que mienten ingresos para no hacerse responsables inscriptos, las porciones en negro que siguen cobrando los que ya están blanqueados, los changarines, los subempleados, los desempleados, las casas y las cosas y los hijos de los que fueron sistemáticamente exterminados.

De quién son todas esas cosas. A quién le pertenecen, oficial.

Evidentemente, no a la justicia. No a esta justicia.

A mí no, dice la justicia.

A dónde carajo van todas esas cosas, entonces. A ninguna parte. Están ahí, en un gran, inmenso no lugar, en el mismo lodo todas manoseadas: esperando, latiendo, deformándose, pudriéndose.

Lo que está y no se usa nos fulminará.

Diego Rodríguez Reis

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