LA LUZ DE LOS INSECTOS

Share Button

Por Tamara Padrón

Apenas si conozco a Carlos Blasco, una cerveza compartida en el instante justo, actos heróicos en encuentros de poetas, algunas diatribas virtuales, no mucho más. Lo que sí conozco son los textos de Blasco, líneas que disparan directo a los ojos, aún cuando se intente apartar la mirada.

La luz de los insectos llegó a mí un viernes, no pude parar. Comencé un raid enloquecido por las páginas de un libro que tiene la propiedad de lanzar un reflejo contra la cara, solo queda entornar los párpados para poder ver con nitidez el guiño kafkiano o a la señora de los almuerzos opinando sobre el sexo ajeno en la pantalla. Esa primera lectura estuvo llena de exclamaciones y puteadas. Los textos del escritor de Cutral Có no dan concesiones, descarnan a su paso y dejan lo importante ahí, a la vista; sin adornos, sin artefactos, sin literatura. Cerré el libro y lo llevé conmigo por dos semanas. Fue y vino de San Martín a Bariloche un par de veces con la esperanza de que con el tiempo o los kilómetros lograra la distancia necesaria para escribir esta nota. Sabemos que no.  La luz de los insectos crece por dentro como un grupo de células salvajes que solo conocen sus propias reglas, granos de arena que golpean nuestros cristales cientos y cientos /de veces por segundo.

“Las comunidades de insectos generan sus propios estados policiales” nos avisa Blasco desde el inicio del libro. Alguna gente, pienso, debería mentirnos de tanto en tanto, ese es el problema de cierta poesía, solo puede ser verdadera. Sabemos que hay lecturas de las que es difícil salir ileso, La luz de los insectos es el caso; poemas  que tienen  la ferocidad de un par de tenazas o de un largo suicidio contra el vidrio de una ventana cerrada. Sobre el escenario del desastre cotidiano, la luz cae tenue, ilumina el polvo en flotación, otra escena que transcurre en cámara lenta. Como en un ensayo de poesía cinematográfica, la luz marca la velocidad del texto; son los insectos los que iluminan a las criaturas que habitan una ciudad a punto de convertirse en su propio agujero de gusano. Un pequeño batir de alas o un zumbido serán el mecanismo que sostiene el movimiento externo; el  ruido de un foco de 120 watts en medio de la noche.

A lo largo del libro, el autor nos demuestra que hay estructuras capaces de soportar el peso de un domingo por la tarde, en tanto sea posible concentrar la fuerza en una porción mínima de materia, ese es el secreto.  El resplandor de Hiroshima vive bajo un esqueleto de quitina, pero también dentro de un taxista que da vueltas alrededor de la plaza del barrio a la hora de la siesta  o en el asiento de El Petróleo las cinco de la mañana. Existe una predilección, como lo hemos visto anteriormente por el foco, los acercamientos macro, el detalle. Los grandes batallas se producen en apenas unos milímetros.

Los poemas de Blasco se meten bajo los párpados y pican como el vidrio molido. A esta altura me dejo llevar por esta poética de los invertebrados, y me toco mientras escribo para comprobar que debajo de la ropa, no están están creciendo unas patas múltiples. Quiero creer que no. Vuelvo  a los versos y me espera la ternura de una botella rota. Versos que podrían soportar los cambios de temperatura, la radiación, que seguirían en pie luego de dos o tres inviernos nucleares, versos  sobre los que caminarían las cucarachas para llevarle el escabio a Dios cuando la humanidad no sea más que otro rumor en la noche.

Blasco se para y grita desde la mitad de un poema “Yo soy la luz de los insectos” y todo se apaga a su alrededor, para que los versos iluminen y la oscuridad también tenga miedo

Comentarios

Comentarios