Súper 8: Toda la vida tiene música

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Llega por correo Super 8, el nuevo poemario de Cecilia Fresco. No puedo esperar, me siento enseguida a leerlo. Cada vez que empiezo a leer un libro, espero a que los primeros versos y las primeras páginas me indiquen cuál es el mejor espacio y el mejor instante para disfrutarlo en todo su esplendor. Leo el epígrafe tomado de una canción que dice “tudo o que move é sagrado” (“todo lo que se mueve es sagrado”), llego al tercer poema, que se llama Pan con manteca, y ya no necesito nada más para saber que es un libro que exige ser leído al sol. Hago unos mates y voy a sentarme al jardín, en el suelo y con ese tibio sol angosturense extendiéndose despacio en cada rincón de la siesta.

Sigo leyendo, extasiado. Siento que el ápice del libro está justo en el espacio entre los poemas Rosa en verano (“abajo está la pampa/ y arriba está mi tía/ mirando el patio/ desde la cocina, preparando/ sus mates tibios con edulcorante…” y el extraordinario Sinécdoque, que describe el contenido de una grabación de una cinta en Super 8 y sentencia “todo lo que necescitamos recordar/ vive en esa película…” Llego a las lágrimas durante la lectura de ese poema: “Ese pasado feliz/ en la película precaria es/ este latido feliz/ fuera de foco y sepia”.

Este es el corazón del libro, leo que mi admiradísima Graciela Cros ha glosado también estos versos y me siento realizado: nuestras lecturas han hecho foco en ese mismo instante. Recuerdo esa escena de Le petit soldat, de J-L. Godard, donde Bruno Forestier (Michel Subor) dice: “Fotografiar un rostro es fotografiar el alma que hay detrás de él. La fotografía es la verdad. El cine es la verdad 24 veces por segundo”.

Super 8 es un libro de alto, altísimo vuelo lírico (fenómeno poco común en estos tiempos poéticos) y lleno de gratos asombros y felicidades fugaces. Los poemas que lo componen son textos de gran profundidad y lucidez. Otro rasgo (acaso episódico, acaso semántico) son esos poemas dedicados. Algunas de esas dedicatorias corresponden a lazos familiares, de amistad y otros a poetas que los lectores reconocemos por proximidad, por trascendencia:  Raúl Artola, la propia Graciela Cros, Marcelo Gobbo, Sebastián Di Silvestro, Carolina Biscayart (que además ha escrito unas hermosas palabras para la contratapa). Esas dedicatorias proponen una profundidad paratextual acaso insospechada hasta por la propia autora: el texto “Presente”, dedicado a nuestro común amigo Sebas Di Silvestro, me enternece hasta las lágrimas.

El libro consta de tres partes: Super 8, Voces del fuego y Parte del todo. Pero el concepto Super 8 se roba todas las miradas, toda la atención, es la masa madre textual de este libro. Hay poemas inolvidables como Maternidad, Continuidad de las flores o El fuego y los huesos. Hay versos invencibles, como “el árbol huye hacia la luz”, “yo muero hermosamente”, o  “la noche más oscura tiene la semilla del sol”.

Termino de leer el último verso (“para mis ojos”) del último poema (Mecanismo de defensa) del libro y alzo la vista. ¿Cuánto tiempo pasó? Media hora, tal vez. Una hora, dos horas. El tiempo ha perdido su extensión. Miro la tapa del libro, veo esa imagen del pasado profundo, del largo y sinuoso camino de la vida: Tito, el padre de Ceci, con una nena en brazos (¿Ceci misma? ¿Nati, su hermana?) captutados en ese precioso instante.

Me quedo un ratito recitando, cantando estos versos del Flaco:

“Toda la vida tiene musica hoy

y cada tonta cosa es musica del sol

 de la tarde…”

Es eso, pienso, ese espacio feliz (con una felicidad tierna y triste a la vez) que propone “Super 8”, lo que nos parece decir o susurrar: Toda la vida tiene música hoy.

Diego Rodríguez Reis, Villa La Angostura, 20 de diciembre de 2020.

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