Cuarentena en la ruta 40 (tercera parte)

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Cielos

Por Juan Aguilar

 

 

Memoria blanca

Una rama quebrada

mira el cielo.
(María Cristina Venturini)

 

Socavón en la vida

es la espera

Voy

Recojo pedazos en la distancia

Recorro la mancha oscura

de la distancia

 

Y me pregunto si hay cielo

donde detener la marcha

Grito que puebla

la voz quebrada

¿es eso la ausencia?

 

Y también esos pies

que descalzos les nombran

 

Mirar el cielo

de tanto en tanto

y no creer en dios

que también olvida

PECADO

Por Vivi Núñez Cabral

Lejos de lo humano

el humano

tropieza en su extrañeza.

Hay asepsias

que condenan:

ser la causa,

por ejemplo.

Nacer es el clímax

de su lujuria.

Cuando era chico me comía los caldos

Por Rafael Urretabizkaya

Tenían un prohibido

que resbalaba después de un asombro errático

cejas arriba,

algún soplamoco volaba por el aire

desconvencido.

 

Me gustaban un poco

había registrado que los grandes

probaban cosas temerarias,

me gustaban poco poco

así del estilo poco y nada.

 

De gallina, de verdura, de carne

más pinta de bombones que guiso comprimido

puerta de la heladera

entre el gotero y la manteca,

poderosos.

 

Esos caldos cargaban

un prohibido vacío

rengo el rigor

flojitos de papeles,

desustanciados.

 

Los grandes buscaban una explicación

que los retos ponían más lejos

que no llegaba

que yo tampoco poseía

pero ellos muy tampoco.

 

No pudieran por las buenas ni las malas,

ni con palabra arrastrada al paladar

o grito persuasivo,

con dedos rascando sus cabezas

ni escondites allá en lo más profundo

(hablo del territorio inhóspito del quaker y unos yuyos de quien sabe qué cosa)

¡No pudieron!

¡No pudieron conmigo!

 

grita

Por Edith Galarza

 

un día

hecha una loca

una perra una zorra una yegua

ya no soporta

y abre la jaula

 

grita

¿pueden escucharla?

 

corre descalza

olvidó los documentos  (él los rompió)

-no podemos tomarle la denuncia – dicen en cipolletti

 

y ahora a dónde va a ir

 

llora

¿pueden escucharla?

 

está tan cerca

 

grita otra vez

¿la escuchan ahora?

 

¿escuchan el ruido de su grito cuando cae?

 

¿no ven la fila de cuerpas?

¿la montaña de huesas?

¿la herida que sangra?

 

el río de llanto que atraviesa la ciudad

 

habrá que volver a nacer

en un jardín

en una marea

solo de mujeres

 

donde nadie te mate

por ser.

DE AGUA

Por RICARDO COSTA, del libro Golpe manco (Ed. El Suri Porfiado, Bs. As, 2018

¿Cómo es posible que exista alguien que no me quiera?

Hasta las burbujitas que infla la lluvia causan ternura

en quien las mira.

¿Acaso alguien puede resistirse a la seducción del agua?

Los peces darían la vida por ella.

Y ni hablar del ardor de un sediento.

Menos, del viento que quema la tierra

en el desierto.

 

Pero hay más.

 

Por ejemplo, la piel que respira entre tus piernas,

la caída tormentosa de una lágrima,

o el revés de mi lengua.

Tenía la intención de ordenar una lista para enseñarte

las razones por las cuales deberías quererme.

Pero la tarde se puso fea.

La primera nube del invierno arrastró a otras y, juntas,

lograron que esta teoría desechara la esperanza

de saberme elegido por vos.

En Micenas, en Tiro y en Mitilene, los cementerios

estaban rodeados por acequias.

Dicen que así, mortales y dioses, dirimían los conflictos

que debían enfrentar las almas heridas.

 

Aquí, sobre el piso y al lado de los zapatos,

continúa tu copa vacía.

Adentro queda la memoria de unas gotitas que buscan

evaporarse en la combustión de estos pensamientos,

los que procuran un aliado, una energía que funcione

a través de ideas y dentro de un margen

de probabilidades.

Pienso en todos esos átomos que conforman el núcleo

de lo que desea mi corazón y no logro ver más allá

de vos, de ese océano fantástico que simula tu cuerpo

y que huele a sed cayendo por la espalda.

 

¿Cómo es posible que exista alguien que te quiera tanto?

 

Creo que si pudiera beberte te perdería en la arena

de la desesperanza, e insistiría una y otra vez

en la misma pregunta y asomado al invierno

que cubre el cielo.

¿Cómo es posible?

Hasta las burbujitas que flotan por culpa

de la lluvia lo saben y yo no hago nada

por evitar que prefieran la calle,

que corran hacia el arroyo

y que terminen borradas

por el mismo mar

que se evapora

en la química

de mis palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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