Nuevas postales de la cuarentena

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Por Diego Rodríguez Reis

Retomo el orden de mi biblioteca y la saga de estas Postales de la cuarentena que he iniciado hace unos días. Una diferencia con la entrega anterior: ahora es casi la medianoche en vez de la madrugada. Otra diferencia: he desistido de reorganizar mis libros de acuerdo a las editoriales, he desistido de cualquier intento de orden, en realidad. Vuelvo a aquello que Walter Benjamin decía en su extraordinario texto Mientras desembalo mi biblioteca. El arte de coleccionar libros: “Toda pasión, en efecto, linda con el caos, pero la chifladura de la colección hace al caos de los recuerdos. Y hay aún más: el azar y el destino, que, bajo mi mirada, impregnan con sus tintes el pasado, se hallan visiblemente presentes en el habitual desorden de estos libros”.

Entonces, me dejo llevar por esa pasión caótica y (con una copa de buen merlot en la diestra) voy revisando libros al azar. Mi intención original es glosar textos que hablen (cercana o lejanamente) de cuarentenas, de aislamientos, de pandemias. Después decido que monotematizar no es la tarea: me dejo llevar por el instinto y por el azar, entonces. Pienso en tipos aislados: me viene ligero a la memoria un cuento de Borges de un hombre que se confina antes de cometer un crimen. Lo recuerdo vagamente, voy a El libro de arena. Lo encuentro ahí: el cuento se llama Avelino Arredondo. Lo leo completo, de un tirón. Copio este fragmento:

“Se mudó a una pieza del fondo, la que daba al patio de tierra. La medida era inútil, pero lo ayudaba a iniciar esa reclusión que su voluntad le imponía.

Desde la angosta cama de fierro, en la que fue recuperando su hábito de sestear, miraba con alguna tristeza un anaquel vacío. Había vendido todos sus libros, incluso los de introducción al Derecho. No le quedaba más que una Biblia, que nunca había leído y que no concluyó.

La cursó página por página, a veces con interés y a veces con tedio, y se impuso el deber de aprender de memoria algún capítulo del Éxodo y el final del Eclesiastés. No trataba de entender lo que iba leyendo.”

Me quedo con esta última imagen, fuerte, la del tipo leyendo sin intentar entender. Más o menos como estoy haciendo yo, que en vez de leer voy repasando la vista sobre lo escrito. Recuerdo que de chico adoraba hacer crucigramas: una de las definiciones clásicas era “repasar la vista sobre lo escrito” y la resolución era “leer”. Pienso esto: esta acción, la de repasar la vista sobre lo escrito es como nadar, excluye la actividad de entender, el nadador no intenta entender el agua sino mantenerse a flote, avanzar, acaso disfrutar de ese desplazamiento. Mientras huelo profundamente el vino y dejo que las notas inunden mi aparato olfativo, me asalta una revelación. Reviso ahí nomás los libros de Bradbury y saco Farenheit 451. Busco un párrafo en especial, hacia el final del libro:

“Tumbado, con los ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar: recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo…”

Montag, el protagonista de una de las mejores novelas distópicas de la historia, aprende de memoria el libro del Eclesiastés. Cuando las ciudades y el sistema entero explota (implota) él se une a un grupo de desclasados que asumen el papel de guardianes del legado cultural de la humanidad: uno recuerda de memoria (es) La República de Platón; otro, las Meditaciones de Marco Aurelio; Montag pasa a personificar el Eclesiastés. La pregunta es: ¿Borges estaba pensado en Bradbury cuando escribió su cuento y dejó deslizar esta delicada referencia para los lectores atentos y devotos? ¿O fue pura casualidad?

Una palabra que he pronunciado (¿o pensado en voz alta?) recién nomás es “desclasados”. Eso me remite inevitablemente a Bukowski, cuyos libros justo tengo frente a mis narices. Elijo uno, Hijo de Satanás (imperdonable traducción del original Septuagenarian stew, que sería algo así como Estofado septuagenario, algo así). Voy directoi a uno de los cuentos donde aparecen esos desclasados tan bukowskianos, uno que se llama redondamente La vida de un vagabundo. Lo leo entero, entre sorbo y sorbo de malbec mendocino. El cuento está ambientado en 1943. Copio este pasaje, que me impacta:

“Fuera pasaban los coches. Harry empezó a contarlos, paró. No hay que jugar con la locura, la locura no juega.

Más fácil era contar las copas en la mano: ninguna.

El tiempo sonaba como una campana muda.

Harry tomó conciencia de sus pies dentro de los zapatos, luego de los dedos… en los pies… dentro de los zapatos.

Movió los dedos de los pies. Su vida se consumía yendo hacia ninguna parte como si fuese un caracol que se arrastra hacia el fuego.”

Cierro el libro y lo devuelvo a su lugar: Bukowski está justo entre Miguel Briante y Anthony Burgess. Me quedó dándole vueltas a eso de que “la locura no juega”. Un tipo se pone a contar autos, a jugar con la locura. ¿No estaré yo haciendo algo parecido, acá enclaustrado hace exactamente un mes? ¿No estará mi vida también yendo hacia ninguna parte, como un caracol arrastrándose hacia el fuego? ¿Cuánto tiempo más seguirá la cuarentena? Más importante aún: ¿cuánto tiempo más puedo seguir acá, así, sin enloquecer total o parcialmente?

Levanto un poco la vista, un título llama mi atención: Además, el tiempo, una novela de Salvador Biedma.

“La televisión seguía con rayas, la imagen era sucia, tenía un chisporroteo de gotitas de luz. Hablaban sobre los animales que aparecían muertos en las provincias, con marcas en los ojos, la boca y los genitales. Manuel había visto, días antes, un informe parecido. Un enviado especial daba hipótesis: el chupacabras, extraterrestres, abejas traídas de África, un grupo comando que pretendía sembrar miedo, actividades científicas clandestinas… “Es algo nunca visto”, repetía un hombre al que presentaban como “baqueano de la zona”. La cámara, de vez en cuando, enfocaba los genitales de una oveja muerta.

-”Río de Europa”, dos letras… Po -dijo Inchauspe, y empezó a completar un crucigrama-. “Padre de Zeus”, seis letras…

-Cronos –acotó Manuel.”

Paro de leer, es asombrosamente idéntico a un día cualquiera en casa, cualquiera de estos días. Otro detalle me asombra: recién nomás estaba pensando en crucigramas. Mirar televisión, resolver crucigramas, grillas y sopas de letras, jugar a la generala, al tutti frutti y al scrabble: actividades colectivas propias de esta rara etapa que nos toca trasuntar. Ayer (¿o antes de ayer? ¿o la semana pasada?) escuché en la radio que Shakespeare escribió Macbeth y El Rey Lear estando en cuarentena mientras Londres era atacada por la peste negra. También citaban que Cervantes arrancó Don Quijote estando preso en Sevilla. Yo, en cambio, acuartelado en esta casa como en un búnker, he logrado (con muchísima suerte y viento a favor) un par de páginas apenas aceptables, creo yo.

Apuro mi copa de vino. La liquido. Descubro esto: no me he movido un miserable paso en mi breve excursión por mi biblioteca. De los aproximadamente tres mil volúmenes que la componen, me he quedado apenas frente a un par de estantes. Peor aún, todos los autores que he seleccionado pertenecen al sector “B”: Borges, Bradbury, Bukowski, Biedma, son vecinos cercanos de un mismo barrio. Retrocedo un paso, el citado sector “B” ocupa un espacio bastante considerable. Descubro de repente que hay muchos, muchísimos escritores cuyos apellidos empiezan con “B”: Borges, Bradbury, Bioy, Briante, Bullrich, Berger, Bloy, Bolaño, Bernárdez, Babel, Ballard, Balzac, Barthes, Baudrillard, Bataille, Bellow, Bierce, Böll, Brontë, Buzzati, Benveniste, Bécquer, Beauvoir, Burroughs, Blasco Ibánez. Son demasiados. Pienso que podría iniciar un nuevo plan de lectura: leer solamente el sector de la letra “B”, agotar el sector “B” de mi biblioteca, vencer la tentación de leer a autores cuyo apellido inicie con otra letra que no sea la “B”, y podría abandonar tranquilamente esta existencia al final de mis días llevándome una porción bastante considerable de la producción cultural de  la humanidad. Abandono el proyecto antes de siquiera a vislumbrarlo, repito el axioma bukowskiano: No hay que jugar con la locura, la locura no juega.

Vuelvo al final del texto de Walter Benjamin con el que arranqué: “Ya hace rato que pasó la media noche, y tengo ante mí la última caja, a medio vaciar. Otras reflexiones se apoderan de mi; no exactamente reflexiones, sino imágenes, recuerdos”, dice Benjamin. Acá igual, pasó  holgadamente la medianoche, he paseado entre mis libros y me llevo un puñado de citas, de fragmentos, imágenes fugaces. Ya dejó de ser hoy, ya es mañana.

Me voy a dormir (a intentar dormir) recitando con toda mi fe poética esas palabras, ese verso del Flaco eterno: Mañana es mejor.

 

 

 

 

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