Postales de La Grieta en cuarentena

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Por Daniel Tórtora

 

Llegó la noche, llegó el otoño y mi paisaje mental pegó un giro temerario. Esta cuarentena me puso de cara a mi más absoluta desesperanza. Documentales, películas, ordenamiento de biblioteca, corte de un pasto que no crece. Tardes enteras regando mi aburrimiento con mate, excusa de poda o paseos al jardín. Pienso: “esto debe terminar ya”. MI perra advierte cierta determinación en mis movimientos, para las orejas, cree que la cosa es con ella, pero paso de largo, subo, qué digo subo, salto los escalones de a dos hasta la biblioteca y busco, detrás del hueco que inventa el ropero, el sitio para los libros de Ediciones De La Grieta. Están por orden alfabético, busco mis libros. La respuesta por la cosa rara no está ni en la L ni en la R. Lo presté, seguro. Pero en la R encuentro Remiendos, de Daniela Rocío Rodríguez González. Lo tomo, de pasada guardo el de Padura que terminé de leer la semana pasada. Regreso al sillón de lectura, que es el mismo del mate, de ver series y de no hacer nada. Me asomo a la noche por un resquicio que deja la cortina y allí, en la calle desierta, está toda esta cuarentena amontonada en un silencio que empieza a ponerme nervioso, ahí está todo lo que me da temor. Vuelvo al libro y lo abro en cualquier página, leo:

“Estornudo sonoramente cuando sus pelos anaranjados entran en mi nariz. Los animales siempre están perdiendo pelo para mí, es como una constante. Lo riegan por la casa, por la cama, por el piso, por la ropa. Y uno tiene que ir detrás barriendo, o se deja la vida en los estornudos.”

Me preocupó el estornudo, pero al poco de andar por los cuentos de esta joven escritora de Ediciones De La Grieta, advertí con qué facilidad cuenta, sin la necesidad de héroes ni villanos, de personajes importantes, despojada de firuletes y de trucos para exaltar su lenguaje. Salvando cualquier distancia, para que no se ofendan los fanáticos, pensé en el despojo de adjetivación de Hemingway, o el hueco en las palabras de Quiroga, que permitían al lector llegar simplemente a la historia, pero que a la vez, dejaban una corriente que trabaja debajo del agua.

La noche era joven aun para abandonar la ternura que me proponía leer personas que conozco. Otro viaje a la biblioteca, a Ediciones De La Grieta, ahora era el turno de la novela Ella sabe, de María Martha Paz. Abro varias veces buscando algo que me indique por dónde empezar a hurgar, página 30:

“La ambulancia tardó casi tres horas en llegar. Ro seguía con los espasmos y apenas podía respirar. La baba le salía de la boca apenas abierta y le llegaba hasta el cuello. Una mucama abría las ventanas enérgica a pesar del viento helado mientras la otra horrorizada tomaba la mano de la niña apoyada en la silla de ruedas. En otro sector del living, cerca de una mesa con velas amarillas encendidas y sobre una alfombra naranja, Juana con un vestido violeta meditaba en posición yoga. La cabeza alzada. El cuello erguido. Los ojos cerrados. Las piernas cruzadas. Las palmas abiertas sobre las rodillas. Los dedos mayor e índice unidos. Los pies desnudos. Los labios murmurando. Los chakras alineados.”

La primera frase ya me recordó a la cuarentena. El porqué estoy encerrado en mi casa, preso de un microscópico ser.

Recuerdo cuando la leí por primera vez. La escritora dio un giro en su lenguaje, de su estilo, sin medir crecimiento dio un salto cualitativo poético. Salió de la novela lineal para meterse en una literatura compleja. Ella sabe saltó el cerco de la comodidad, ya que se necesitan varios niveles de colmatajes para llegar a comprender el corpus que impone María Martha en esta ¿novela? Pienso que, de ahí en más, la escritora no dejó resquicios en sus nuevos trabajos para que creamos que fue casualidad lo de Ella sabe, sus próximos libros ya, y a pesar de que están prescriptos para jóvenes y niños, buscan a un lector que no se quede quieto en la historia, que vaya un poco más allá. María Martha Paz ya es una escritora adulta (en términos literarios) y Ella sabe, su segunda obra, lo demuestra en sus dos ediciones vendidas.

No serían más de las dos de la mañana y el sueño estaba ausente de mis posibilidades, sin luna y con frío, salí al jardín a respirar ese miedo que me era absolutamente desconocido.

En busca de otro libro de Ediciones De La Grieta, se me presentó recostado sobre la hilera de otros libros El imperio de la belleza, de Pablo Martínez Viademonte. Leí un poco desde cualquier página. Al poco de andar apareció esa palabra temeraria y ya me puso alerta:

Esta fiebre del comercio llevaba también al establecimiento de bancos y casas de cambio de moneda, que por un pequeño interés transformaban los pagos según la necesidad del cliente y la cotización del día, que se anotaba en una pequeña pizarra en el frente del establecimiento.”

Pensé, en esta novela muchas veces pienso, ¿qué busca la gran mayoría de los lectores cuando lee una novela? Soy narrador, debería saberlo. Obviemos que esté bien escrita. Busca una buena historia, una historia que no decaiga, que el autor fuese lo necesariamente inteligente para que la historia no decaiga. Pero ojo, eso se puede lograr de muchas maneras. A veces el lenguaje es el que opera para ello, a veces los golpes bajos, otras puede ser el tema elegido, sin embargo, en El imperio de la belleza, el lenguaje es plano, incluso, con largas conversaciones en un probable lenguaje y estilo del 1300, no hay golpes bajos ni escenas eróticas, nada. El secreto, si lo hay, es que el escritor dosifica la información (la cual conoce muy bien) y, en un relato de intriga, aparece la historia, la cultura de una época, eso que a veces no imaginamos y se nos revela en tres o cuatro datos. Otro detalle, que no es menor, es que el personaje que cuenta abandona su jerarquía para transformarse en solo una voz que cuenta. El imperio de la belleza no empieza ni con el asesinato en la posada ni con la aparición de un personaje histórico sobre el final, sino que es un cuadro de la historia que podemos correrlo hacia atrás o hacia adelante sin  dejar de contar esa historia imponente que el autor propone. Lo mejor de todo es que ya se viene la continuación.

El sueño comenzó a adjudicarse mi agradecimiento, Duero menos de cuatro horas por día. Son las 3:15 hs, ya no me visitan los fantasmas del apocalipsis. El mundo da vueltas más despacio. Vamos.

 

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