POSTALES DE LA GRIETA EN CUARENTENA

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Por María Martha Paz

Día 128 de la cuarentena. La luz de la mañana atraviesa los vidrios de la ventana, al fin limpios.

La brisa vuela las cortinas recién lavadas. Los pisos brillan por primera vez desde que me mudé. Sobre el escritorio, dos pilas de libros. A la izquierda, los leídos y marcados, listos. A la derecha, los que esperan.

El gato duerme en el sillón hace catorce horas exactas. Creo que aún vive. Un leve movimiento del párpado derecho me lo confirma. Lo miro con envidia y decido despertarlo frotándole sobre la nariz un hilo rojo que siempre guardo en el bolsillo del pantalón. Resopla, se estira y se va. Me mira furioso. Los pelos erguidos, la espalda encorvada, la cola hacia el techo. Camina lento unos pasos, trepa a una silla y de ahí, al escritorio. Se sienta sobre la pila izquierda de libros y me observa. Con la pata derecha juega con los señaladores que sobresalen entre las páginas. Primero, lento. Luego, más rápido. Finalmente, desaforado. Me desafía hasta que el libro Espaldas, de Ricardo Druck, cae al piso abierto en la página 43. Leo:

El mundo era el barrio. Nuestro mundo. Con los paraísos en las veredas, el agua corriendo por el cordón, el aroma de las flores en los patios y la cadencia de los carros que traían la leche en botellas, el grito del sodero, la esperada proclama del heladero en verano y el invierno detenido en las lluvias que nos obligaban a inventarnos en juegos dentro de la casa.

Mis pasos se alborotan sobre las calles del barrio. La partida es una magnífica noticia, pacientemente elaborada con una buena dosis de azar y perseverancia. Me voy. Dejo para siempre las puertas conocidas, los timbres amigos y los alambrados vencidos. El sur, antagónico del norte que suele utilizarse como referencia tradicional de rumbo, me convoca en una Patagonia misteriosa que huele a desafío y revelación”.

Quiero seguir leyendo pero el gato sigue empecinado con mis libros ya marcados. Tira de un señalador de madera balsa mientras sacude la cola frenético y tira otro libro, Contar la luna, de Santiago Loustaneau. Cae boca abajo, obviamente. Lo doy vuelta y leo la página 22:

“Conjeturas acerca de un extraño vuelo

Los papeles: especie voladora si las hay. El papel se desprende de su arraigo, le dice adiós al vértigo. Hay papeles inexpertos que fallan: podemos verlos sobre la arena mojada, arrastrados por ráfagas al ras, dando vueltas penosamente como un triste barrilete.

Muchas veces el papel aprovecha el ímpetu de su forma y emigra de las manos de un lector, para ser libre en su mar de símbolos.

El papel vuela Y cuando descansa en el suelo no sabe que así perturba la pulcritud y la moral de la especie humana. Sobre todo si en su lomo gris lleva tatuado: PIDEN PENAS

POR TRATA EN GENERAL ROCA

Existe una especie de papeles amaestrados, que son echados al viento con un mensaje a cuestas.

Que llegan a su destinatario mediante su sentido del olfato poético.

Otros son puestos a navegar en una botella, inútilmente: el papel nunca comprenderá el lenguaje de las olas, demasiado mojadas.

Párrafo aparte para los libros, que no saben volar. Sus hojas, abrazadas entre sí, prefieren la comodidad de la coherencia textual.

Finalmente el árbol nunca soñó que volaría algún día. “

Al escuchar la palabra “árbol”, el gato me mira y empieza a mover sus patas aceleradamente como escarbando la tierra sobre la tapa de Más vale nunca, de Daniel Tórtora. Logra abrirlo en la página 38. Se lo arranco y leo:

“Nos reímos todo el camino hasta su casa, ningún tema ocupó nuestra conversación y nos reíamos a intervalos cuando él explotaba. Miré el sol, estaba un poco perpendicular hacia el este e iluminaba la cara de Raúl que cuando me decía algo y me miraba, reflejaba esas pequeñas arrugas junto a sus ojos achinados por la luz. Raúl tenía un rostro muy singular, una piel muy blanca en contraste con el pelo negro y lacio, una cabellera india que le caía detrás del hombro, sin embargo, lo que más me llamaba la atención eran sus ojos oscuros, casi negros, y su profunda mirada, que a veces daba la sensación que no necesitaba hablar. Siempre pensé que tendría ascendencia árabe y me lo confirmaba su nariz aguileña y su mentón alargado, era alto y delgado, pero su cuerpo conseguía una total armonía con su rostro y le proveía esa personalidad mística que al menos yo descifraba. También su historia era bastante peculiar, no tenía la más mínima noción de quiénes habían sido sus abuelos, sólo sabía que su abuelo materno había llegado a través del mar en aquellas oleadas de principio de siglo, escapando del hambre y de las balas, pero ni siquiera la madre podría hablarle de él. Su abuela había muerto cuando su madre tenía apenas nueve años y luego ella emigró a estas tierras del sur donde, con trabajo, aún se podía vivir dignamente en la década del cincuenta.

De su padre solo relatos aislados que su madre le contaba cuando estaba triste, sabía que fue un viajante que se estableció en la zona y que se aprovechó (así lo decía Raúl) de su madre, cuando la conchabó en su tienda, y al quedar embarazada la echó a patadas, después todo lo que ya conocía. Por todo esto Raúl era un tipo que eludía su historia y por lo tanto daba lugar a inventarla como a un mito, como nos soñamos y pensamos y desde donde edificamos nuestra personalidad. Quizás eso mismo era lo que yo buscaba para mí”.

El gato me busca con la mirada y se acuesta ahora sobre la pila de los libros por leer. Cierra los ojos y amaga dormir otra vez. Se estira con las cuatro patas en simultáneo mientras suelta un bostezo inabarcable y tira un libro más de los de la otra pila, la izquierda. Taller de tango, de Vivi Nuñez cae sobre el felpudo hecho por mi hija en telar y queda abierto en la página 38 alrededor de la pata del escritorio. Leo:

El salto o el susto estrellaron al despertador contra la pared. Tuvo ganas de gritar, de patear y de llorar; pero no tenía tiempo. De todos modos él ya había tomado la decisión. Invistió su rebelde espíritu joven en la solemnidad de un traje lacrado en el nudo de la corbata, y ahogó las emociones que se rebelaban en su garganta en la amargura de un café caliente. Engominó el último pensamiento subversivo, y salió a la calle. El tiempo estaba de su lado, y más tarde o más temprano todo, incluso ella, quedaría olvidado”.

Ahora sí. Decido sacar el gato de mis libros, del escritorio, de mi casa y de mi vida. Antes de que lo atrape, salta y atraviesa la ventana hacia la calle. En su vuelo parece flotar. Agita la cortina que, a su vez, tira Sueños enredados. Esta vez, me estiro yo y el libro cae sobre mi pantufla derecha, abierto en la página 107 que dice:

“Una tarde de principio de noviembre, cuando ya se olía el fin de año, los chicos estaban en la escuela planeando las vacaciones. Sin hablar del tema, seguían esperando el sismo que finalmente les devolvería sus sueños. Estaban listos para sentir la piedra, los hilos, las plumas y la textura de la ramita para repetirle el mantra que la machi les había enseñado. Sabían que en algún momento, la tierra, mapu, se movería y recuperarían sus sueños. Mientras tanto, la vida fluía y ellos fluían con ella. Todos los días, reían, jugaban, estudiaban hasta que aquella tarde sin viento de noviembre, el piso se movió inesperadamente, las lámparas colgantes danzaron desde los techos, los árboles florecidos sacudieron las hojas y los chicos sonrieron. Sabían que el final estaba llegando. ¿O sería el principio?”

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