Postales de La Grieta en cuarentena

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Por Diego Rodríguez Reis

 

Me despierto. ¿Qué día es hoy? ¿Martes? ¿Sábado? ¿Miércoles? No tengo la más remota idea. O a qué altura del mes estamos. Menos. Es abril, eso al menos recuerdo. Es madrugada, todos duermen en casa. Me levanto, preparo un mate y me siento junto al calefactor. Miro la biblioteca de casa.

Tendría que ordenarla, necesito hacer algo. Me siento adentro de la novela El pozo, de Juan Carlos Onetti. Lo busco, lo tengo ahí al alcance de la mano. Arranca así:

“Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.

Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado desde el mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza.”

Vuelvo el libro a su sitio. Tengo los libros ordenados por orden alfabético. Pienso que podría reestructurar esa clasificación, siguiendo otra lógica, cada tanto intento hacer eso: me ayuda a ordenar y limpiar al mismo tiempo, me reencuentro con libros que no recordaba o con otros que no tengo idea de cómo llegaron a mi casa. Casi siempre abandono por la mitad y todo continúa siendo un caos ordenado.

Decido, drásticamente, un nuevo orden: por editoriales. Nunca lo he hecho antes. Entusiasmado, arranco por una de las editoriales más cercanas en el espacio: Ediciones De La Grieta, de San Martín de los Andes. Busco libros de esa editorial. Enseguida encuentro uno: De la misma madera, libro de cuentos de Marcelo Gobbo. Lo abro en cualquier lugar, leo:

“Miró la fachada de la mansión: Fritz los aguardaba en la entrada, sonriente. Leni se apretó contra el brazo de Enrique. Alzó la vista hacia el cielo, por encima de las sierras: una típica noche estrellada de verano cordobés, con una desmesurada luna llena recortada entre las  cumbres. Solo oía la música proveniente de la mansión y las chicharras, que auguraban una calurosa jornada en el río. Con la vista buscó la cara de Enrique, pero él hablaba con alguna otra persona del grupo ―El Conde, seguramente, cuya mujer se había suicidado el verano pasado. Leni solo veía que movía los labios, pero no lo oía.

Había llegado al lugar del cual tanto había escuchado en infinitas veladas porteñas: el famoso castillo. La mansión no logró impresionarla: en su imaginación, ese lugar se había apropiado de las descripciones del libro que Enrique le había regalado para una Navidad, un libro difícil y raro, escrito por un judío checo, que Leni había leído obedientemente en una edición de Schocken Verlag comprada en una librería de viejos de la calle Cangallo. Pero a esa altura de su vida tampoco esperaba hallar ahí salvación alguna. Sospechaba que solo sería un escenario más en el estatismo de su periférico pasar, un nuevo decorado que se sumaba a los incontables sucedidos entre su llegada a la Argentina y ese viaje en ferrocarril. Sabía que tampoco esa noche Fritz se transformaría en Enrique, como en un viejo cuento de hadas, y que el año nuevo añadiría una más a sus tantas heridas invisibles.”

El fragmento pertenece al cuento La otra Leni. Separo el libro de Gobbo. Busco otro: encuentro la novela Sarita y ese tipo, del Rafa Urretabizkaya. Hago lo mismo, lo abro al azar y leo:

“En casa prestada otra vez, Sarita sigue buscando rastros de los otros, los auténticos dueños de las pistas y señales secretas de esta casa. Se queda mirando ¿admirando?, una lata de yerba Napoleón con forma de tambor de varillas. La toma como a una delicada joya y le da vueltas por delante de sus ojos. La sacude con cuidado para obtener con el sonido, datos del misterio. “Papeles…”, y lo deja en su sitio intentando reencontrar la posición exacta. A su lado encuentra un hueso de caracú pintado con témperas de colores sobre una maderita con leyenda  “PARA LA MEJOR ABUELA”; también un posa pava hecho con broches habla del amor de un nieto escolarizado. En la pieza hay dos fotos ovaladas seguramente de los dueños de casa. Parecen personas más felices de vivir que de sacarse fotos. En todo caso las miradas hablan de ellos pese a la ropa que no y la seriedad que menos. Es de los tiempos en que fotografiarse no era algo de todos los días y aquí el encargado del retrato se nota que tenía por principal objetivo impactar más que la cámara. En el marco de la foto de los abuelos próceres, está enganchada otra de los abuelos abuelos, coloreada. Sarita la quita de su lugar y en el reverso lee, “Parque Independencia, Santa Fe” y una fecha, “29 de junio de 1969.”

Es el capítulo 45 de esta road novel patagónica. Dejo el libro junto al de Gobbo. Sigo buscando en los lomos de los volúmenes y en lo que me va dictando la memoria los libros de Ediciones De La Grieta. Me olvido para qué estaba haciendo eso. Me acuerdo: un nuevo orden en mi biblioteca. Sigo. Encuentro otro: Cíclopes del mar, de María Martha Paz. Repito la ceremonia y leo:

“El destino dispone citas extrañas. Cuando al fin pudo abrir los ojos, uno todavía con mucha dificultad, vio paredes forradas con dibujos mamarrachados con crayón. Estaba acostado en una cama. Al costado, una mesa de luz con acacias y mutisias en un florero improvisado. Las sábanas olían limpias y por la ventana entraba aire fresco que volaba una cortina liviana de voile. Buscó con la mirada alguna explicación. Parecía hogar, olía a hogar; aunque ya no sabía bien qué era eso. En los pies de la cama, sobre un felpudo y abrazando sus rodillas, Tavi dormía babeándose en sueños con el gato gris entre sus brazos.

El universo conspiraba a la vacuidad, las almas perdidas lloraban belleza, la insignificancia lo rodeaba.”

Es el principio del capítulo XV llamado Confusión. El epígrafe me asombra:

“Dime qué ves

qué lees

en el desayuno

y te diré

quién eres”.

Quién soy. Qué leo. Qué tienen en común los tres pasajes que he leído casualmente. En los tres hay construcciones inmóviles (una mansión, dos casas) observadas por un narrador también inmóvil. Cada quien atestigua y relata según su modo particular: la música y los sonidos del río en el cuento de Gobbo; las fotos y los varios objetos que pueblan una mesa (“las pistas y señales secretas”) en la novela del Rafa; los perfumes de mutisias y de sábanas limpias en el texto de María Martha Paz. En todos hay una inmovilidad idéntica o similar a la mía.

Me acuerdo de otro libro de la editorial, la novela Ruido blanco, que escribimos a cuatro manos con mi amigo Facundo Bocanegra. La alcanzo y busco un pasaje en especial, del capítulo titulado Signos:

“Me vuelvo despacio, aparecen las primeras estrellas. Miro cómo van formándose las constelaciones y me acuerdo de eso que dijo alguien, no me acuerdo quién: que las estrellas ignoran las figuras que armamos con ellas. O no, algo así: como que esas figuras (la Osa mayor, Sagitario, el Escorpión, etcéteras) sólo son posibles desde nuestra perspectiva y con auxilio de toda nuestra fe poética.”

Eso necesito justo ahora: fe poética. Agarro los cuatro libros que había separado y los vuelvo a dejar (juntos, pero en cualquier lugar) en la biblioteca. Siempre abandono estos repentinos proyectos de orden. Recuerdo eso que dice Walter Benjamin en su extraordinario ensayo Mientras desembalo mi biblioteca. El arte de coleccionar libros, que toda pasión linda con el caos y que la pasión del coleccionista linda con el caos de los recuerdos.

Le cambio la yerba al mate. Está amaneciendo. Sale el sol y parece renacer la vida, aunque afuera las calles todavía están vacías. El sol: un rostro familiar en este universo hostil o indiferente.

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