DE TAL PALO, TAL ASTILLA

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Por Diego Rodríguez Reis

El corpus literario de Marcelo Gobbo presenta una complejidad y una profundidad a priori avasalladoras: va desde la poderosa lírica de El repliegue hasta los microrrelatos de Mini y sus (parafraseando a Héctor Libertella) “juegos desviados de la literatura”; incluye los luminosos ensayos de Contra la fatiga del arte pero también abarca la brillante Bodega (guión novelado/novela guionada) publicada recientemente en España. Alguien podría poner en duda la procedencia de esos textos de tan diversos géneros e índoles, sino fuera porque hay un autor fortísimo sosteniendo esas estructuras. Luego de seis libros editados, hay un tono que es minuciosamente gobbo: podría postularse su topografía, sus matices y sus postulados subyacentes.

 

De la misma madera (Ediciones De La Grieta, 2019) es una astilla innegable de ese mismo palo, esa misma búsqueda. ¿De qué búsqueda estamos hablando? Personalmente (y habiendo leído sus obras completas y obras suyas inéditas) creo firmemente que su búsqueda es la de los grandes artistas que admiramos: la creación laboriosa y duradera de un autor y una voz. Borges ha observado que el modesto periodista Walt Whitman inventó una extraña criatura, un desaforado personaje que aún no hemos terminado de comprender, y que le dio el nombre de Walt Whitman. Asimismo y salvando las distancias, también nosotros, ante la aparición de cada obra del prosaico hombre Marcelo Gobbo, asistimos a una puesta en escena que tiene una feliz finalidad: la constante construcción, aniquilación y deconstrucción de un autor que tautológicamente se llama (también) Marcelo Gobbo.

Este Gobbo es sustancialmente distinto del Gobbo de carne y hueso, es deliberadamente plural. Si en Contra la fatiga del arte y ciertos pasajes de El repliegue o de Barbarie y civilización podemos jugar a escuchar esa voz y ponerle un cuerpo, en los relatos de De la misma madera el propio narrador propone ese juego. Quien habla en “Árboles y fotos” (el primer texto del libro) va mutando oración tras oración, página tras página, hasta erigirse en el arduo y minucioso relator de “Agustín Profiaco (una crónica)”. No por nada hemos nombrado a Borges: Gobbo logra en ese último texto (como en las más agudas obras borgeanas) que homologuemos esa voz con la del Marcelo Gobbo hombre, cotidiano. La mención/aparición de nombres de hombres y mujeres que existen en la vida real (artística, argentina y cordillerana) no hace sino enfatizar esa sensación. Nos encontramos entonces ante un triple ser, un cancerbero donde Gobbo es (al mismo tiempo) autor, narrador y personaje: Melómano Domingo y Agustín “Tristoscuro” Profiaco son máscaras, avatares de ese raro y hábil homme de lettres.

El universo literario de Marcelo Gobbo se despliega desde lo cotidiano visible hasta la definición infinitesimal. Atraviesa con destreza esas configuraciones, sendereando entre lo carveriano y lo pigliesco. Allí, en ese interregno, florece su tono personalísimo.

Tengo la grata fortuna de conocer a Marcelo y de contarlo entre mis amistades. En los numerosos espacios que hemos compartido (charlas de café, comidas, presentaciones y trasnoches) muchas veces me ha invadido esta sensación innegable: la de estar en presencia de alguien que lo ha leído todo, que lo ha visto todo, que lo ha registrado todo. Sensación de rápida refutación en el plano real, pero ya sabemos que las anécdotas no necesitan ser rigurosamente veraces sino apenas verosímiles, deben tener la capacidad de pintarnos a alguien de pies a cabeza, de un plumazo.

En el texto citado al principio de este opúsculo, en el apartado “Algunas relaciones entre la voz y la letra pura”, Héctor Libertella se (nos) pregunta: “Cómo escucharla [la voz en literatura]; sonaría a un estar en estado bruto en la escena literaria. Una forma de hacer presente lo último que va quedando después del trabajo obsesivo, el cuerpo: el cansado; su forma de mostrarse así. Ya que el cuerpo es una ficción irrepresentable, ¿no será mejor su eco?”

Adentrarse en las páginas de De la misma madera supone una doble felicidad: la de sencillamente dejarse llevar por el fluir de los relatos e intentar escuchar detrás esa voz; y la no menos gozosa de rastrear los numerosos discursos, intertextualidades y filiaciones que los fueron forjando.

 

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