Presentación de Cuatro de copas

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Transcripción de la presentación realizada el 25 de mayo en Villa La Angostura.

Me pasa algo curioso con los dos libros que se presentarán públicamente esta noche, esto es, Taller de tango y Cuatro de copas: sus autores me participaron en su momento de las versiones preliminares de esos libros. Hemos conversado sobre esas versiones preliminares, yo he aportado una lectura, una mirada, una interpretación personal, hemos discutido la elección de ciertas palabras, un determinado orden de los textos. Todo eso que uno hace cuando está en ese hermoso y a la vez tortuoso momento que es publicar un libro.

Entonces, hoy veo los ejemplares de carne y hueso de Cuatro de copas y de Taller de tango y siento una felicidad compartida, por haber participado siquiera vagamente de ese proceso de creación, casi de parición. Por eso, agradezco doblemente a Vivi y a Daniel por la confianza de haberme dejado acceder a esas versiones originales y por refrendar esa confianza dejándome hablar hoy de sus obras.

Bueno, a lo nuestro: tango y truco. A Borges se le haría agua la boca, podríamos decir, son temas distinguidos y amados de su repertorio. Señalo además la feliz y conveniente conjunción de que estemos presentando libros de estas temáticas en esta fecha tan patriótica, justo un veinticinco de mayo.

Cuatro de Copas

Al principio de esta charla he mentado a Borges, acaso para solicitar de algún modo la bendición de su espectro, ya que estamos en terrenos  netamente borgeanos. Quisiera compartir unos fragmentos de un texto de Borges llamado justamente El truco, para ilustrar al libro que nos ocupa esta noche.

“Cuarenta naipes quieren desplazar la vida. (…) Sobre la mesa, desmantelada para que resbalen las cartas, esperan los garbanzos en su montón, aritmetizados también. La trucada se arma; los jugadores, acriollados de golpe, se aligeran del yo habitual. Un yo distinto, un yo casi antepasado y vernáculo, enreda los proyectos del juego. El idioma es otro de golpe. Prohibiciones tiránicas, posibilidades e imposibilidades astutas, gravitan sobre todo decir. Mencionar flor sin tener tres cartas de un palo, es hecho delictuoso y punible, pero si uno ya dijo envido, no importa. Mencionar uno de los lances del truco es empeñarse en él: obligación que sigue desdoblando en eufemismos a cada término. (…) El diálogo se entusiasma hasta el verso, más de una vez.”

Hasta aquí Borges. Pero detengámonos en este última oración: “El diálogo se entusiasma hasta el verso”. O podríamos reformularlo así: “El truco se entusiasma hasta el verso”. Es hermosa la idea de que todo aquello que nos entusiasma y nos apasiona llegue al verso. O mejor dicho: solo aquello que nos entusiasma y nos apasiona puede (y debe) llegar al verso.

En Cuatro de copas ocurre ese fenómeno, ese milagro. Daniel, su autor, se (nos) pregunta en la primera página: “¿Quién alguna vez no enarboló el deseo de escribir una poesía que valiese la pena?”. Nos cuenta acerca de su experiencia de escritura: “No fue una experiencia larga, pero sí brutal, a veces fue pesadilla que desbarataba todo intento lírico, musical.”

El poeta Tomás Watkins, en el prólogo del libro, también pregunta: “¿Cuán probable es que un recién venido se mande un librazo?”. E instantáneamente responde: “Tórtora lo hizo”. Personalmente, pienso lo mismo. Creo que Cuatro de copas es un buen libro de buena poesía, lo cual es decir muchísimo. Paso a exponer brevemente mis razones.

Una razón poderosísima es el procedemiento de base que Daniel Tórtora utilizó para construir su obra: la relación (declarada o no) entre un partido de truco y una historia de amor. Los hilos invisibles, las secretas afinidades de esas pasiones son lo que sustentan estos versos. Entonces, el lector aborda la lectura y advierte cómo va configurándose con el lento discurrir de las páginas una truqueada en verso.

Y volvemos de nuevo a esta palabrita, sonora, vistosa y de doble filo: verso. Porque ¿qué es el verso? El verso es la poesía, el verso es el  “enunciado o conjunto de palabras que forma una unidad en un poema, superior generalmente al pie e inferior a la estrofa, sujeto a ritmo y a medida determinados”, pero también es la mentira. Versear, hacer el verso es poetizar pero también vale por mentir.

Volvamos al amigo Borges: “La habitualidad del truco es mentir. (…) Cómodo en el tiempo y conversador está el juego criollo, pero su cachaza es de picardía. Es una superposición de caretas, y su espíritu es el de los baratijeros Mosche y Daniel que en mitad de la gran llanura de Rusia se saludaron”.

Recordemos esa escena célebre:

—¿A dónde vas, Daniel? —dice Mosche.

—A Sebastopol —responde el otro.

Entonces, Mosche lo mira fijamente y sentencia:

—Mientes, Daniel. Me respondes que vas a Sebastopol para que yo piense que vas a Nijni-Novgórod, pero lo cierto es que vas realmente a Sebastopol. ¡Mientes, Daniel!

Es exactamente lo que podemos decirle acá al amigo Daniel Tórtora, para él en particular parecen escritas estas palabras: “¡Mientes, Daniel!”. Porque en el truco (como en la poesía) hay que mentir, claro. Pero hay que mentir bien. Y Daniel miente bien. Aparentando hablar del truco habla del amor, aparentando hablar del amor escribe poemas. ¿Qué será del que no sabe mentir?, pregunta tautológicamente Daniel, mientras versea, mientras hace el verso.

Uno de sus recursos dilectos es la traspolación de los discursos: la retórica del truco aplicada a la vida y sus afecciones la redimensiona y la resignifica. Asistimos entonces a la creación de un mundo, a veces amable y simpático, a veces triste y tenebroso, donde las frases ser un cuatro de copas, irse al mazo, sonreír para mentir, truco a ese cuatro y el lapidario ella no quiere sugieren otra dimensión, tienen un alcance distinto del original.

He dicho que asistimos a la creación de un mundo. Porque un libro, un buen libro, es un maravilloso y un nuevo mundo. Una buena historia, una historia bien contada, bien mentida, detiene el tiempo, suspende la incredulidad y suspende los juicios apresurados, como clásica y arquetípicamente vemos en las Mil y una noches, donde la muchacha Scherezade escapa cada noche de la muerte contándole historias al rey Schariar.

Vuelvo a parafrasear a Borges sobre este tema: “Considero los jugadores de truco”, dice. “Juegan de espaldas a las transitadas horas del mundo. La pública y urgente realidad en que estamos todos, linda con su reunión y no pasa; el recinto de su mesa es otro país. (…) Los truqueros viven ese alucinado mundito. Lo fomentan con dicharachos criollos que no se apuran, lo cuidan como a un fuego. Es un mundo angosto, lo sé: fantasma de política de parroquia y de picardías, mundo inventado al fin por hechiceros de corralón y brujos de barrio, pero no por eso menos reemplazador de este mundo real y menos inventivo y diabólico en su ambición”.

A Cuatro de copas le cabe esta definición: es un mundito alucinado, fomentado con dicharachos criollos que no se apuran. Y creo que, como todo buen libro, nos pide eso, que lo cuidemos como a un fuego, como un fueguito, de las lluvias insensibles y del viento maula.

En esa misma senda, quisiera compartir para cerrar esta charlita algo que se me ocurrió en estos días, en que hemos compartido tanta buena literatura, tanta buena y profunda reflexión sobre la palabra. El textito se llama Peras al olmo y es a la vez una constatación y una expresión de deseo, un deseo que hago extensivo a todos los presentes esta noche en que estamos celebrando la palabra y los libros:

“Nuestro viejo error consiste

en que insistimos

en buscar en el diccionario

el significado de las palabras

acudimos a los diarios

para conocer las últimas noticias

y leemos libros para abordar

mundos imaginarios

maravillosos.

Lo ideal sería esto

que busquemos las últimas noticias

en el diccionario

que abramos los diarios

para internarnos a sabiendas

en mundos ficticios

y que

de una buena vez por todas

leamos libros

para saber qué significan las palabras”

Muchas gracias.

Diego Rodríguez Reis

Villa La Angostura, 25 de Mayo 2019

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