Del silencio primordial al ruido blanco

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Ruido Blanco está escrita a dos manos (o a dos cabezas) y, sin embargo, tiene unidad y potencia desde el principio hasta el final. En sus clásicos dieciocho capítulos los protagonistas nos llevan por su recorrido enloquecedor, exagerado, dramático y tan dinámico que es imposible dejar de leerla de una sentada. Llena de imagenes poderosas y barrocas que van desde las más profundas reflexiones de sus personajes al humor negro.

En toda relación de opuestos, lo que se manifiesta, en última instancia, es la unidad. A veces a los tirones, pero unidad al fin. En la dialéctica materialista la ley de la unidad y de la lucha de contrarios es esencial, la dialéctica parte del criterio de que las cosas y los fenómenos de la naturaleza llevan implícitas contradicciones internas, que son la fuente del proceso de desarrollo. En Ruido Blanco, esta relación de opuestos está planteada desde el principio, es el motor de la acción que se desarrolla en un escenario urbano caldeado y desaforado.

¿Por qué se buscan estos personajes? Desde la casualidad inicial, hasta el barroco e irreversible final, queda flotando la pregunta.

Eleno y Orestes se encuentran por casualidad después de muchos años. Son, desde todo punto de vista, cara y ceca y, casi como por obra del destino, estos hombres que deberían repelerse, terminan juntándose y completando así la moneda.

Un solitario obsesivo que no logra componer y vive de dar clases en el mismo conservatorio donde estudió y un exalumno con un talento genial que trabaja en una verdulería y vive con un grupo de músicos marginales con los que toca los fines de semana en un boliche ruinoso, completamente desinteresado de su genialidad.

Algunas lenguas antiguas tuvieron un solo término ambivalente para designar ideas opuestas. En este caso, la palabra que integra y consolida a la dupla de músicos es “Vevé”. Su unión pareciera materializarse en el momento de climax absouto en este boliche donde tocan, colmado de gente, inundado y explotando entre el éxtasis y la mierda que flota entre las mesas. El Vevé alberga, designa y define a estos músicos excepcionales. Es, en ese escenario que chorrea calor y mugre, donde sucede la música celestial que produce Trompetita (Eleno) como un ángel sucio e ignorante y donde Oreste encuentra, tal vez por primera vez en su vida, a la música.

Estos complejos y a la vez arquetípicos músicos (una especie de Mozart y Salieri rioplatenses) también sienten de modo opuesto: a Orestes la envidia y la admiración que siente por la capacidad de su compañero le generan placer y dolor al mismo tiempo. A Trompetita le gusta la limpieza y la organizacióon de Orestes, porque a pesar de vivir marginalmente y de ser un diamante en bruto de la composición, capaz de extraer sonidos celestiales de cualquier sucia botella, necesita de un músico más en la banda, un cable a tierra para su grotesca banda. Orestes, sin explicarse por qué (tal vez porque siente que no tiene nada que perder o nada que dar) lo sigue, él mismo expresa: “Voy, mansamente, inevitablemente, hacia todo eso.” y, finalmente, encuentra la posibilidad de liberación de sí mismo por medio del descenso. Llega a las alturas descendiendo al bajo mundo, al descontrol.

Estos personajes que van del silencio primordial al Ruido blanco hacen una novela que se transforma en una maravillosa travesía de la que ninguno (ni personajes ni escenarios ni lectores) sale ileso.

Cecilia Fresco
Villa la Angostura Febrero 2019

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