ANFIBIA, por el editor

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Quiero hablar, en este caso, como editor, corriéndome, aunque pocas veces funcione, del conocimiento sobre la autora, del vínculo afectivo, incluso, del pensar el mundo en el afuera del mundo poético que nos ocupa.

La poesía forma parte de la vitalidad de pensar y la poesía de Marisa, a pesar de parecer sumirse en una docilidad discursiva, opera  poéticamente con una provocación permanente.

Dice Marcelo Gobbo en el prólogo, y yo aprovecho y lo saco de contexto para entrarle a esta nota: “…en su océano poético navega una flota de visiones feministas que…”  Entonces me quedo en ese paisaje, en ese océano poético donde cada nave/poema es una poesía del detalle delgado, finísimo, de cotidianeidad y mirada perdida en el amor.

Audre Lorde aseveraba que la poesía no es un lujo, ni siquiera un género literario, es un movimiento que deja huellas sobre lo escrito. Eso es “Anfibia”, porque el lenguaje que utiliza Marisa no desconoce su funcionalidad y nos libera de toda servidumbre.

Cuando iba a leer el libro completo, me puse casco, me armé de valor para atravesar un océano tempestuoso, pero otra vez aparece la genial mirada de Gobbo: “Marisa Godoy no envía sus embarcaciones para luchar sino para amar…”  desbaratando, para bien del activismo literario, todos mis temores.

Esa es la Marisa Godoy lírica que ha decidido vivir de modo poético. Como quería Friedrich Holderlin: vivir poéticamente y luchar contra el lenguaje.

Me es imposible navegar el libro sin hurgar, bucear (para hacer contacto con la metáfora propuesta desde el prólogo) en intertextos que la autora propone y otros que crea mi imaginación en esta tarea de lector.

Pero buceo igual.

Buceo, pero sin tuvo de oxígeno, lo que me obliga a salir a la superficie de “Anfibia” a recopilar información porque esta autora no es la que conocí hace 20 años.

Si, como se dijo tantas veces, el poeta es un gran terapeuta, “Anfibia” es un antibiótico contra la infección del grito. Casi un antídoto contra el dolor pizarnakiano a donde muchos “poetas” recurrimos.

Marisa Godoy, como pocos poetas que leí últimamente, sin desbaratar el orden lineal del discurso, disloca el escenario cotidiano enfrentando la inmovilidad de su mirada con la pasmosa inercia de los que dan por obvio lo que observan cotidianamente. La autora de “Anfibia” va al fondo de todo sin panfletos, me obliga a ir a releer a Olga Orozco o a Amelia Biagioni, o a la mismsíima, sí, Diana Bellesi de los primeros versos. Marisa es de las que se encierran en su mundo y no temen perder las llaves.

Leo a mi amiga, escucho su voz poética y pienso en William Yeats, en esas visiones llenas de simbolismos, o en el Pessoa de  “Súbita mano de algún fantasma oculto”  y “Hora absurda”. Leo “Nocturno de Marisa Godoy” y encuentro la síntesis de Anfibia.

Cuando leo por tercera o cuarta vez “Anfibia” y advierto en la superficie una cartografía humanista, como diría mi buenamado Sartre, pero es un existencialismo que jamás traspasa los límites. Marisa, durante un tiempo, (un tiempo largo), no sólo estuvo preparando el lenguaje, estuvo investigando su lugar exacto en este mundo, y por lo visto, el libro y su mundo existencial, llegaron justo a tiempo.

Después de trasponer el poemario completo, el lector entenderá que la autora ha rozado las profundidades.

 

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