CECILIA FRESCO: EL SUSURRO FELIZ DEL LENGUAJE

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 Por Diego Rodríguez Reis

Un libro es un gesto del autor. Un rasgo que lo define parcialmente, pero para siempre. Hay autores que han quedado atados a un libro: el imaginario de los lectores lo ha atado a ese libro y ha olvidado otras obras de ese autor, obras acaso superiores. Otros no han pasado a la historia por un solo texto, sino que toda su obra es una unidad: no hay una página específica que sea superior a cualquier otra página de su obra.

¿Dónde ubicar a Cecilia Fresco, a su poesía, en esta clasificación? Vamos por partes. A pesar de tener una amplia y reconocida trayectoria poética, su primer libro de poemas “Realidad vs. Representación” (Ediciones Del Dock) apareció recién en el 2014. A ese volumen podemos agregar “Antología Federal de Poesía. Región Patagonia” (Consejo Federal de Inversiones, 2014), “Poesía Río Negro. Las nuevas generaciones” (Fondo Editorial Rionegrino/ Universidad Nacional de Río Negro, 2015), “COMOE. Seis Poetas en Neuquén” (Ediciones De La Grieta, 2015) y “Breve Tratado del Viento Sur. Antología Poética de Patagonia Argentina” (Escarabajo Editorial, Bogotá, Colombia, 2017). Estas obras conforman el corpus poético actual de Cecilia Fresco.

¿Desde dónde y hacia dónde escribe Cecilia? Dice Roland Barthes en “El susurro de la lengua” (1975): “La palabra es irreversible, ésa es su fatalidad. Lo que ya se ha dicho no puede recogerse, salvo para aumentarlo: corregir, en este caso, quiere decir, cosa rara, añadir”. Barthes se refiere específicamente al habla, pero en este caso podemos aplicar sus dichos a la palabra escrita, que una vez publicada no puede ser corregida (más allá de las eventuales reediciones de la obra, que es en sí otra obra distinta). Ya lo dijo Alfonso Reyes: “Publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo los borradores”.

No es casual la mención de Barthes, escritor y semiólogo brillante. Fresco abre su libro “Realidad vs. Representación” citando a Peirce (otro célebre semiólogo) y declarando en su poema “Vuelve”: “Aún semiotizada, la primavera/ se acomoda en la línea de partida/ como un atleta olímpico”. Y más adelante, certifica: “Está y no está:/ la palabra primavera no es la primavera/ pero ayuda/ y yo/ parada entre Charles Ingalls/ y Charles Peirce/ respiro todos estos años/ estos fines de agosto/ y digo/ primavera primavera”.

Uno dice, uno busca decir/contar/narrar/relatar. La palabra es el ropaje del género y del discurso. Y ese ropaje, en el relato “fresquiano/fresquense” siempre parte de una elección precisa, una búsqueda: no ocurre ex nihilo, no sucede milagrosamente. Cecilia trabaja constantemente sus textos, los construye, los desarma, los deconstruye, los tira, los recicla. Y ese trabajo, esa fuerza de trabajo digamos, se percibe en el texto final, lo sostiene y lo orienta. Todo esto presupone un camino, una dirección. Pero ese camino no es un camino horizontal, cuantitativo, acumulativo.

En cada poema de Cecilia brillan todos los esplendores y todas las derrotas, el sonido y la furia del tiempo, la memoria y las pasiones: “Una foto es una foto/ un perro es un perro/ un signo es algo/ que está en lugar de algo/ es cierto, pero hubo/ un lugar/ un lejano país/ donde viví una cosa/ que fue ni más ni menos que esa cosa”. Su perspectiva es la de un tiempo cíclico, como cuando afirma (contra Heráclito el Oscuro) “Siempre me baño en el mismo lago”. Su discurso desborda las fronteras del ser y acaricia el panteísmo. En “Origen” nos dice, reveladora y terrible: “Hubo sol en todas las cosas, también en los animales subterráneos, los que nunca asomaron porque no soportan tanta luz, pero buscan el sol que antes brilló en los seres que devoran”. En cada uno de sus textos, anida la eternidad.

En cuanto a la clasificación que abrió este artículo, yo (a título personal) incluyo la poesía de Cecilia Fresco en el segundo conjunto. ¿Por qué? La obra de Cecilia es una sola unidad semántica, que manifiesta el todo en cada una de sus partes. Su corpus poético es una máquina sensible y sonora. Dice Barthes en el ensayo citado: “El susurro es el ruido que produce lo que funciona bien. De ahí se sigue una paradoja: el susurro denota un ruido límite, un ruido imposible, el ruido de lo que, por funcionar a la perfección, no produce ruido”. Y concluye: “Así que las máquinas que susurran son las máquinas felices”.

Esa máquina es la que escuchamos susurrar, poderosa y feliz, en cada verso de Cecilia Fresco.

 

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