El libro, el mapa y el territorio.

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 Por Diego Rodríguez Reis

“Ahora no pasa un tigre, sino su descripción”

Virgilio Piñera, “La isla en peso”

 

En 1774, en Hereford (Inglaterra) aparece un libro titulado largamente “Una descripción de la Patagonia, y las partes contiguas de América del Sur: que contiene una cuenta del suelo, productos, animales, valles, montañas, ríos, lagos, etc. de esos países; la religión, el gobierno, la política, las costumbres, la vestimenta, las armas y el idioma de los habitantes de la India; y algunos detalles relacionados con las Islas Falklands”.

El autor era el Padre Thomas Falkner, que había vivido en las provincias del Río de la Plata por más de cuatro décadas y, además, uno de los sacerdotes jesuitas deportados de los territorios americanos de España luego de que Carlos III decretara en 1767 la expulsión de la Orden. El libro incluía un prefacio firmado por el escritor William Combe y un mapa de la región, basado en el mapa original del cartógrafo francés Jean Baptiste Bourguignon d’Anville.

Así, con este libro y este mapa, podríamos decir que comienza oficialmente, la historia de la relación del los tres sonoros elementos que titulan este artículo: el libro, el mapa y el territorio.

La “Descripción de la Patagonia” del Padre Falkner (o Falconer, como solía escribirse su apellido en América) actualizó el conocimiento geográfico y etnográfico de la época. Asimismo, contenía indicaciones puntuales, precisas sobre las ventajas de ocupar la Patagonia (recordemos que el texto se publicó en inglés y en Inglaterra). El texto corrió como reguero de pólvora: fue traducido casi inmediatamente al castellano por Manuel Machón; al alemán, en 1775; y al francés, en 1785.

La publicación despertó (lógicamente) las ansias de dominio en algunos gobiernos europeos y causó alarma en la corte real española, ante la posibilidad de que se concretara la instalación de un establecimiento inglés en las costas de la Patagonia austral (como efectivamente había sucedido en 1765 en las islas Malvinas). Así, una de las consecuencias de la publicación del libro fue la fundación, en 1779, del fuerte de Carmen de Patagones. En los años sucesivos, proliferarían las expediciones a la región.

La relación mapa-territorio es el corazón del libro. Dice el Padre Falkner en los umbrales del texto: “En la descripcion del país adentro he seguido en general mis propias observaciones, habiendo caminado por gran parte de él, y apuntado la situación de aquellos parajes, sus distancias, ríos, bosques y montañas. Donde no pude penetrar, he seguido la relacion que me hicieron los indios nativos, y los españoles cautivos que han vivido muchos años entre ellos, y logrado después su libertad.”

Y unos párrafos más adelante, certifica: “Todas mis observaciones, y las informaciones de otras personas, me obligan á representar este pais mucho mas ancho, de poniente á levante, de lo que aparece en el mapa de Mr. d’Anville, lo que no puede conciliar con las relaciones de los indios, ni con lo que yo mismo observé.”

No por nada afirma Raúl José Mandrini, en su estudio preliminar a una de las ediciones más recientes del texto: “La Descripción de la Patagonia… fue, ni más ni menos, el primer intento de una apropiación intelectual del territorio y de sus gentes. Allí reside la clave fundamental y el significado de la obra. Su repercusión fue más allá, quizá, de la intención real de su autor.”

Mapa y libro comienzan a estrechar relaciones en nuestro territorio. Desde cierta perspectiva, el mapa es lo que justifica todo el libro. Surge así del interior de esta relación un sonoro y revelador silogismo: “El libro es el mapa. El mapa es el territorio. El libro es el territorio.”

Como dice Ernesto Livon-Grossman en su luminoso libro “Geografías imaginarias. El relato de viaje y la construcción del espacio patagónico”: “La idea misma de supeditar el texto al mapa era arte de la tradición cartográfica vigente entre los contemporáneos de Falkner. De allí que los antecedentes del proyecto Berkeley-Falkner, la re-construcción de un mapa a partir de una narración, hay que buscarlos en la tradición cartográfica europea del siglo XVII (…). Este es el momento en que la cartografía se dedica a trazar mapas de las historias bíblicas a para establecer, entre otras, una geografía del Paraíso.” Concluye (nos advierte) Livon-Grossman: “La motivación más importante para el trazado de una cartografía exacta es siempre primeramente política.”

Es en ese contexto que leemos, finalmente, la “Descripción de la Patagonia…” de Falkner. En este mismo contexto, se destacan (a fines de la década de 1770 y comienzos de 1780) las exploraciones de Antonio de Viedma en la costa patagónica y el reconocimiento de los ríos Negro y Colorado por Basilio Villarino. Puntualmente, el “Diario de viaje” de Villarino (que Pedro de Ángelis incluyó junto a la “Descripción…” en su colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, publicada en 1835) aporta, fundamentalmente, numerosos datos sobre el comercio que se realizaba a lo largo del curso del río.

Aquí vemos emerger con claridad a quien da vida a este entramado de territorios, libros y mapas, el que los  los camina, los escribe y los construye: el viajero.

David Viñas, en su “Literatura argentina y realidad política” elabora una clasificación de los “viajes” (y en consecuencia, de los viajeros) de la literatura argentina. Hay, nos dice: el viaje colonial (Belgrano); el viaje utilitario(Alberdi-Rosas); el viaje balzaciano (Sarmiento); el viaje consumidor (Mansilla); el viaje ceremonial (Mansilla, Roque Sáenz Peña); el viaje estético (Lucio López); y el viaje de la izquierda (Ingenieros, Ghiraldo). Todo esto en el terreno de los viajes de escritores argentinos al exterior, viajes al extranjero. Según Viñas, no es sino hasta la la llegada de Lucio Mansilla, que en esos viajes, lo utilitario (hasta entonces casi excluyente) irá diluyéndose en beneficio de lo estético.

Pero hay otros viajes, que de alguna forma fundaron y (como quiere exponer este artículo, dominaron) el imaginario de nuestro territorio: los viajes al sur, a ese interior desconocido. En ese terreno, viajes como el de Antonio Pigafetta, Thomas Falkner, Charles Darwin y Francisco Pascasio Moreno, sólo pueden ser entendidos desde una perspectiva utilitaria: no hay (no prima) allí la mirada estética, no hay viaje natural o intelectual. El recorrido de ese viajero es sacrificado, más tarde o más temprano, a los fines comerciales o militares. Apropiarse del territorio entendido en términos estrictamente literales.

En los diarios y crónicas de estos viajeros hallamos numerosos registros de esa intencionalidad última. La “Descripción de la Patagonia” (como hemos visto y comprobado) se apoyaba fuertemente en el mapa inédito hasta ese entonces; los “Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz”, de Francisco Pascasio Moreno, venían provistos de un plano y de 12 láminas; el “Diario de un naturalista alrededor del mundo” de Darwin abunda en datos y cuadros comparativos de distancias, alturas y latitudes. Todos son (tautológicamente) descripciones, registros, mapas de un territorio. Una de las lecturas posibles de un territorio.

Otra vez nos dice Livon-Grossman: “Buena parte de la literatura del relevamiento patagónico es contemporánea al desarrollo de un modelo científico positivista que busca la objetividad desprovista del tono confesional e intimista que se asocia con muchas crónicas de viaje.”

Recorrer, mapear y apropiarse del territorio ocurren en esta lógica desde un accionar puramente material. Roland Barthes ha observado que la marca del procedimiento realista consiste, precisamente, en remitir de un código a otro y no de un lenguaje a un referente. Así, el realismo no consiste en copiar lo real sino en copiar una copia (pintada). Mediante una mímesis secundaria, el realismo copia lo que ya está copiado.

Hay otra especie de viajeros, recorredores y mapeadores del territorio. Ernesto Bohoslavsky, en las primeras páginas de “La Patagonia (de la guerra de Malvinas al final de la familia ypefiana)” dice: “La marca de desmesura ha teñido las referencias a la Patagonia desde que los primeros ojos occidentales se posaron sobre ella hace casi cinco siglos y no ha dejado de acompañarla desde entonces: los dinosarios más grandes de la tierra, la mayor reserva de agua dulce, la violencia más descarnada, los paisajes más sobrecogedores, etc.” Se pregunta también cómo es posible pensar y analizar la Patagonia, ese “lugar en que lo exótico y lo desmedido son, paradójicamente, lo habitual”.

Esa Patagonia ha sido abordada inicialmente por viajeros que, como hemos visto, la han recorrido, mapeado y apropiado utilitariamente, desde un campo puramente material. Bohoslavsky propone la perspectiva de otro campo de estudio: el de las ciencias sociales, que se han abocado a la tarea del abordaje, descripción y mapeo del territorio patagónico, que han ofrecido respetables y rigurosos trabajos de investigación sobre las realidades sociales, productivas y económicas de nuestro territorio. Algunos datos arrojados de esas lecturas son sencillamente abrumadores: “La Patagonia del último cuarto de siglo actúa como una versión extrema de ciertos fenómenos nacionales: todo allí aparece más agravado e intenso”, sentencia Bohoslavsky. Un poco más adelante, postula a la Patagonia y su historia reciente “como una metáfora de la Argentina, como un espejo y un poco deformado y deformante con respecto a la realidad del país todo.”

Sin detenernos a ahondar en el trabajo de esos viajeros/constructors, a veces de dimensiones titánicas, mencionaremos dos obras, renombradas y de múltiple alcance: “Ese ajeno sur”, de Ramón Minieri; y la más reciente “Komütuam descolonizar la historia mapuche en Patagonia”, de Adrián Moyano.

Existen (finalmente) otro tipo de viajeros. Viajeros que construyeron (y construyen) otros libros, otros mapas, otros territorios. En su ponencia “Cartografías de la Patagonia: narrar la región”, Luciana Mellado propone “identificar y describir afiliaciones narrativas y cartografías imaginarias concernientes a la región”. Y aquí irrumpe el término “imaginarias” (que rima íntimamente con el texto de Livon-Grossman). Ya desde el título, nos introduce en otro terreno desde el cual mapear, contar, narrar: el terreno imaginario, simbólico. Cada uno de los textos citados en dicha (y nos permitimos suponer que cada uno de los textos postulados desde ese mismo terreno simbólico)  colabora, según las palabras textuales de Mellado “en la construcción de una cartografía imaginaria de la Patagonia, de una composición no natural ni dada que supone, conjuntamente, artificios, intenciones y efectos” y que deberían pensarse “como parte de un trama, de una red de afiliaciones que ponen en juego imágenes y formas del espacio que se reiteran y permanecen, pero que, en cada contexto se resignifican”. Inútil y acaso imposible intentar definir mejor este panorama, qué mejor y más amplia definición de “mapa” que la recién propuesta.

Citaremos tres ejemplos  de este tipo de textos (gotas en el océano de la poesía patagónica): mapas de otra especie de nuevos viajeros, que se han apropiado simbólicamente del territorio y nos lo han devuelto desde otra perspective, otra configuración.

Primero (y también citado por Luciana Mellado) la “Música desconocida para viajes” de Cristian Aliaga. Allí (y el adverbio de lugar es enérgico) el viajero es casi ubicuo o acaso es el terreno el que fluctúa y desaparecen las fronteras, los límites: en el texto confluyen y se confunden la Patagonia y toda la América profunda. También se dan cita (se cruzan) una amplia variedad de géneros: el verso libre invisible o difuminado en la prosa poética, la crónica y el diario de viajes, clásicos e iniciáticos de la literatura patagónica. “Nada hay para apresar sino la fugacidad. Los rincones se repiten como una versión multiplicada de un universo sin sentido”, dice el viajero en “Adornos de lata”. En su prólogo, escribió Francisco Madariaga: “Los de este libro son cuadros de viaje (interiores y exteriores), viajes americanos con misteriosos instantes de vida —suerte—muerte. De pronto, de entre los fracasos, las arenas, el océano, se vislumbra un no—fracaso: la lejanía.”

En segundo lugar, “Estación/ Tierra/ Nada”, de Andrés Cursaro. En el prólogo, el mismo Cristian Aliaga configura la clave de acceso al texto: “Distancia, tierra, silencio, cajones rojos, sangre en la boca y en los charcos, chapas, polvo que se traga, cerros entumidos, bailarines que no bailan, yeguas, trenes, potrillos, morochas brotadas de espinas, mujeres locas forman la corte de Cursaro en su itinerario. Él va trazando cartografías precisas para perderse”.  Y más adelante: “El territorio real que Cursaro habita apenas ha dejado huesitos de los desheredados, los fusilados, los pobres de la tierra”. Casi medio centenar de poemas y unas cuantas fotografías componen el libro, cuyo título compuesto de esos tres sustantivos en fila (estación, tierra, nada) no terminan de superponerse, refrendarse o sustituirse. Ya el tercer poema del libro define: “Un trozo de tierra sin nombre/ -paraíso de agonía-/ arrastra tumba/ hasta la costa./ Es preciso asaltar las bóvedas/ y tumbar la existencia de los próceres/ hasta despertar con los desamparados/ de esta tierra:// Agonía,/ territorio de huesos pelados/ que titila luces a la niebla.”

Y tercero cronológicamente, “Territorios”, de Natalia Belenguer. Ordenado en cuatro segmentos, el libro nos anuncia ya desde el nombre sobre qué tópico y terreno versará. Ya la prologadora, la poeta Graciela Cros, se detiene en esa palabra/concepto. Describe: “Al diccionario. Busco la palabra territorio. Me seduce la acepción 2 donde leo: ‘Territorio: esfera de acción’. Del territorio pasa al viaje, y sobre esa ecuación nos anticipa: “El mundo aguanta una carga de pocas palabras. Y sobre ese entramado de pocas palabras la poeta da cuenta de uno de sus recorridos existenciales en el que deja claro desde el inicio: ‘Viajo y escribo/ para vivirme/ para serme fiel’. La experiencia del viaje se vuelve una cuestión poética y política, nos dice (sobre los textos de Belenguer) Graciela Cros. Las cuatro partes (o territorios o esferas de acción) del libro son “Siete lagos”, “Paisaje literario”, “Paisajes íntimos” y “Cuerpo/Territorio”. Pero esas esferas de acción o territorios fluyen deliberadamente, explícitamente del campo literal al simbólico, sin solución de continuidad, en una baldosa o en un verso: “Escribo de viajes/ los viajes me escriben/ me inscriben en esta ruta/ literaria hoy/ asfaltada”. También (como Cursaro) atropella (o se deja atropellar por) las palabras, como en “Lugares/ prácticas/ discursos” donde reflexiona: “Dicen que/ desde lugares cotidianos/ se pueden/ invertir las prácticas/ desde el baño/ crear/ una fiesta/ pero cómo/ hago/ para tener/ alegría/ desde una angustia/ primaria/ anterior/ a todo”. Epifánicamente, la última sección del libro, “Cuerpo/Territorio”, nos dice o nos deja adivinar como lectores esta verdad inamovible y eterna: El primer (y último) territorio es el cuerpo.

Hemos intentando una semblanza de tres tipos de viajeros, consumidores de paisajes, hacedores de mapas, escritores y lectores de libros: constructores de territorio. Cada uno de estos grupos y (a su vez) cada uno de estos individuos ha postulado en el tiempo y en el espacio su libro, su mapa, su territorio. Cada cual, asimismo, aguarda constantemente a su nuevo lector. No faltará quien haga una lectura utilitaria del poema o una conclusión poética o simbólica del texto aparentemente etnógráfico.

Apelando a las palabras del poeta Virgilio Piñera (izadas como epígrafe de este artículo), nosotros podemos decir, felices o despiadados, que ya no vemos el territorio, sino su descripción.

Bibliografía

-Aliaga, Cristian. 2002. Música desconocida para viajes. Ediciones Deldragón. Buenos Aires.

-Barthes, Roland. 1980. S/Z. Trad. Nicolás Rosa. Siglo XXI. Madrid.

-Belenguer, Natalia. 2016. Territorios. Ediciones De la Grieta. San Martín de los Andes.

-Bohoslavsky, Ernesto. 2008. La Patagonia (de la guerra de Malvinas al final de la familia ypefiana). Universidad Nacional de General Sarmiento. Biblioteca Nacional. Buenos Aires.

-Cursaro, Andrés. 2006. Estación/ Tierra/ Nada. Ediciones en Danza. Buenos Aires.

-Darwin, Charles. [1839] 1921. Diario de un naturalista alrededor del mundo en el navío de S. M. “Beagle”. Trad. de Juan Mateos. Calpe. Madrid.

-Falkner, Thomas. [1774]. 2004. Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur. Santillana Ediciones Generales, S.L. Buenos Aires.

Livon-Grossman, Ernesto. 2004. Geografías imaginarias. El relato de viaje y la construcción del espacio patagónico. Beatriz Viterbo Editora. Rosario.

-Mellado, Luciana. 2009. Cartografías de la Patagonia: narrar la región. Presentación de Trabajos Expositivos. IV Encuentro de Escritores. Esquel.

-Minieri, Ramón. 2007. Ese ajeno sur. Fondo Editorial Rionegrino. Viedma.

-Moreno, Francisco Pascasio. 1897. Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz. Talleres de Publicaciones del Museo. La Plata.

-Moyano, Adrián. 2013. Komütuam descolonizar la historia mapuche en Patagonia. Alum Mapu Ediciones. San Carlos de Bariloche.

-Piñera, Virgilio. 1943. La isla en peso. La Habana.

-Villarino, Basilio. [1887]. Diario de la navegación emprendida en 1781, desde el Río Negro, para reconocer la Bahía de Todos los Santos, las Islas del Buen Suceso, y el desagüe del río Colorado. Biblioteca Virtual Cervantes.

-Viñas, David. 1982. Literatura argentina y realidad política. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires.

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